En junio, cuando el alumnado de sexto se despide, siempre hay alguien que me pregunta si en el instituto podrá seguir jugando. Casi nunca tengo una respuesta buena, y eso dice bastante de lo mal resuelta que está la transición entre etapas.
Esta entrada es un balance honesto: qué se llevan de verdad del tablero cuando cambian de centro, qué no se llevan por mucho que nos guste decirlo, y qué podemos hacer para que el salto no borre varios años de trabajo.
🎒 Lo que sí se llevan
Después de acompañar a varios grupos que ya han hecho el cambio, lo que veo que permanece no son las aperturas ni los finales. Es más humilde y más útil:
- El hábito de mirar antes de decidir. Aparece cuando se enfrentan a un examen y no se lanzan a la primera pregunta.
- Un vocabulario propio para hablar de sus errores: plan, amenaza, revisión. Tener palabras para lo que sale mal ayuda a no tomárselo como algo personal.
- La experiencia de haber perdido muchas veces delante de otros sin que se acabara el mundo.
- Ser capaces de estar un buen rato con una sola tarea difícil. No es poco a esa edad.
No lo digo por intuición: son las cosas que ellos mismos nombran cuando les preguntas en junio qué se llevan. Nadie contesta que se lleva el enroque.
🚪 Lo que no viaja solo
Aquí conviene bajar el volumen. Es tentador contar que el ajedrez les hará mejores estudiantes de matemáticas, y la investigación es bastante más prudente. Sala, G. y Gobet, F. (2017), en «Does Far Transfer Exist? Negative Evidence From Chess, Music, and Working Memory Training», encuentran un apoyo empírico débil a la idea de que estas habilidades se transfieran por sí solas a otros ámbitos.
Traducido al aula: lo que no hayamos hecho explícito, no viaja. Si nunca les hemos dicho en voz alta «esto que acabas de hacer en el tablero te sirve para estudiar», en el instituto no lo van a descubrir solos.
🤝 Qué podemos hacer con el centro de Secundaria
Poca cosa, pero concreta y realista:
- Incluir el proyecto en la información de tránsito que enviamos, con una línea por alumno cuando aporte algo de verdad.
- Preguntar si allí existe alguna actividad de ajedrez y, si no existe, avisar de que llega alumnado con ese recorrido hecho.
- Entregar a cada uno su cuaderno de partidas para que se lo lleve. Es suyo, no del centro.
- Decirle a las familias, sin rodeos, que la continuidad va a depender más de ellas que del centro nuevo.
📉 Lo que se pierde en septiembre
Sería deshonesto no contarlo: la mayoría deja de jugar. Cambian de amigos, de horarios y de intereses, y el tablero se queda en una caja encima de un armario. Me costó aceptarlo y todavía me fastidia un poco.
También hay un grupo pequeño que sigue, casi siempre porque en casa alguien juega o porque encuentra un club cerca. Merece la pena decírselo a las familias en junio, con nombres de espacios reales del municipio si los hay, y no en forma de recomendación vaga.
Lo que me reconcilia con ello es recordar que no buscábamos formar jugadores. Buscábamos que aprendieran a decidir con calma, a perder con dignidad y a revisar lo que hacen. Eso sí lo veo cuando me los cruzo por la calle un par de cursos después.
📌 Para llevarse
Dedica la última sesión con sexto a nombrar en voz alta lo que se llevan. No como despedida emotiva, sino como inventario: cada uno dice una cosa aprendida aquí que le va a servir fuera. Escríbelas y quédatelas.
No formamos ajedrecistas. Formamos gente que piensa antes de mover.
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