Cada 20 de julio se llena todo de mensajes celebrando el ajedrez. A mí las efemérides me dan pereza cuando se quedan en el cartel bonito, pero esta la aprovecho: es el día en que mejor se me escucha cuando alguien pregunta si merece la pena dedicar horas lectivas a un juego.
Así que hoy no vengo a vender nada. Vengo a poner por escrito los argumentos que sostengo y, sobre todo, los que dejé de usar.
🗓️ Una fecha que sirve para explicarse
El Día Internacional del Ajedrez se celebra cada 20 de julio en muchos países, con actividades en clubes, bibliotecas y plazas. En un centro es una percha para hablar del proyecto con las familias y con el claustro.
Ahí ayudan dos apoyos que conviene tener a mano: la Declaración del Parlamento Europeo sobre el programa «Ajedrez en la Escuela» y la Proposición no de Ley aprobada por unanimidad en la Comisión de Educación y Deporte del Congreso de los Diputados el 11 de febrero de 2015, que instaba a implantar el ajedrez en el sistema educativo. No demuestran nada sobre aprendizaje, pero dicen algo: esto no es una rareza.
🚫 El argumento que ya no uso
Durante un tiempo abrí mis charlas diciendo que el ajedrez mejora el rendimiento académico. Ya no lo hago. Dejé de hacerlo porque prometía algo que no dependía de mí, y cuando una promesa así no se cumple, lo que se cae no es la promesa: es el proyecto entero.
Los trabajos de Sala y Gobet obligan a ser prudentes con la transferencia a otras materias y con la idea de que jugar mejore capacidades generales. Lo cuento en una frase cuando sale el tema y sigo: el valor de esto nunca estuvo ahí.
🎻 La prueba que no le pedimos a nadie más
A ninguna otra actividad escolar le exigimos ese examen: nadie defiende la música o el atletismo por su efecto en las notas de matemáticas. Cuando justificamos el ajedrez solo por lo que rinde en otras áreas, lo estamos tratando como un suplemento.
♟️ Lo que sí sostengo
Cuatro razones que defiendo ante cualquier claustro sin notas al pie:
- No hay azar. No se puede culpar al dado ni a la mala suerte: lo que pasa en el tablero es responsabilidad de quien mueve. A los diez años, eso da mucha conversación.
- Es barato y portátil. Un tablero y treinta y dos piezas igualan a un centro con recursos y a otro sin ellos.
- Obliga a esperar. En una escuela con prisa impone un ritmo raro: mirar, pensar, decidir y asumir. Ese ritmo hay que enseñarlo en algún sitio.
- Se juega entre distintos. Una niña de ocho años y una persona jubilada comparten partida sin traductor. La escuela necesita más espacios así.
🌍 Un patrimonio que no es de nadie
El ajedrez atraviesa siglos y culturas sin dueño, y eso ya es contenido cultural. Descubrir que el juego se juega igual en cualquier parte da una idea de mundo compartido difícil de transmitir de otra manera.
Ahí caben los referentes. Hablar de Vera Menchik, de Judit Polgár o de Hou Yifan desactiva la respuesta automática de que el ajedrez es cosa de chicos. Y nombres como José Raúl Capablanca o Magnus Carlsen los uso al revés de lo habitual: para hablar de trabajo, no de genialidad.
⚖️ Lo que el ajedrez no arregla
Si esta entrada va de honestidad, toca la otra cara:
- No mejora la convivencia por sí solo. Con competición temprana y clasificaciones a la vista, la empeora.
- No compensa desigualdades: quien ya jugaba en casa llega con ventaja, y hay que compensarla a propósito.
- No sustituye a nada. Ni a la lectura, ni al juego libre, ni al tiempo de patio.
- No engancha a todo el mundo, y forzar el enganche es la manera más rápida de perder a alguien.
📌 Para llevarse
Aprovecha el día de hoy para una tarea de cinco minutos: escribe, sin adjetivos, por qué hay ajedrez en tu centro. Si salen promesas de rendimiento, rómpelo y vuelve a escribirlo mirando a tu alumnado. Guárdalo para septiembre.
Un juego no necesita justificarse por lo que rinde. Le basta con enseñar bien lo que enseña.
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