Cada vez que sale el tema del ajedrez y el autismo aparece la misma imagen: el niño callado que gana a todo el mundo sin despeinarse. Es una imagen agradable y casi siempre falsa. En mi experiencia hay alumnado autista al que el ajedrez le entusiasma, alumnado al que no le encuentra ninguna gracia y alumnado al que le costaría mucho si yo no cambiara cosas de mi sesión. Exactamente igual que en el resto del grupo.
Esta entrada no va de qué le pasa a nadie, sino de qué hay en mis sesiones que estorba. Porque cuando alguien se levanta a mitad de partida, casi nunca es un problema suyo: es un problema de diseño mío.
⚠️ Ni un perfil único ni una terapia
Conviene decirlo antes de seguir. No existe el alumno autista tipo, y el estereotipo del niño genial con los números y el tablero hace daño: convierte en expectativa lo que debería ser simplemente una opción más, y deja fuera a quien no encaja.
Tampoco llevo el ajedrez al aula como terapia de nada. Lo llevo porque me parece una buena actividad educativa para todo el grupo. Lo que sí hago es revisar qué hay en ella que impide participar.
🔇 Las barreras que yo ponía sin darme cuenta
Cuando reviso una sesión que ha ido mal, encuentro alguna de estas cinco:
- El ruido. Veinte partidas simultáneas en un aula con eco son hostiles para cualquiera.
- La imprevisibilidad. No saber cuánto dura la sesión, con quién toca jugar ni qué viene después.
- Las consignas ambiguas. «Colocaos como podáis», «id terminando», «más o menos por ahí».
- Las normas sociales no escritas. Dar la mano, sostener la mirada, aguantar que el rival celebre a gritos.
- El cambio de última hora. Hoy jugamos en otra aula porque la nuestra está ocupada.
Ninguna de las cinco tiene que ver con el ajedrez. Todas tienen que ver conmigo.
🧱 Lo que cambio en la sesión
Estos ajustes son buenos para todo el grupo, que es justo la idea del Diseño Universal para el Aprendizaje: no monto una sesión paralela, monto una sesión en la que cabe más gente.
- Guion visible. La secuencia de la sesión escrita en la pizarra, y tacho cada paso conforme lo terminamos.
- Emparejamientos publicados antes. Saber con quién y en qué mesa antes de entrar quita mucha tensión.
- Final anunciado. Aviso de cinco minutos y de un minuto, siempre igual, siempre con las mismas palabras.
- Un sitio al margen. Una mesa con problemas resueltos donde se puede estar sin dar explicaciones y volver cuando se quiera.
- Saludo a elegir. Dar la mano, chocar los puños o decir «buena partida». Las tres valen lo mismo y lo sabe todo el grupo.
🗣️ El lenguaje que uso
El ajedrez está lleno de metáforas que damos por evidentes y no lo son. Comer no es comer, clavar no es clavar, sacrificar suena muchísimo peor de lo que es. Las explico la primera vez que aparecen.
- Una instrucción por frase, y la frase corta.
- Primero el nombre, después la consigna. Nunca al revés.
- Espero la respuesta sin reformular la pregunta cada tres segundos.
- Evito la ironía. En una sesión de ajedrez no aporta nada y confunde a bastante gente.
🤝 Con la familia y con el equipo
Nada de esto lo decido solo. Lo hablo con la familia y con el profesorado especialista, y la pregunta que mejor me funciona en esas reuniones es muy simple: «¿qué le ayuda en otros momentos del día?». Casi siempre la solución ya existe y solo hay que trasladarla al tablero.
Y hay una segunda pregunta que durante años se me olvidaba: hacérsela directamente a quien tengo delante. Con el apoyo adecuado, la mayoría del alumnado sabe decir qué le molesta y qué le viene bien.
🎯 Para empezar el lunes
Escribe el guion de la sesión en la pizarra antes de que entre el grupo y anuncia los emparejamientos al principio, no sobre la marcha. Cuesta dos minutos y vas a ver el efecto en más alumnado del que esperas.
No adaptamos el ajedrez a nadie: quitamos lo que sobra para que quepa todo el mundo.
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