El día que saqué por primera vez los robots de suelo delante de un grupo de tercero, tardé cuatro minutos en perder el control de la clase. Todo el mundo quería pulsar botones y nadie quería pensar la ruta. Salí de allí con la sensación de haber hecho una sesión de juguetes, no una sesión de robótica.
Lo que cambió las cosas fue empezar por donde ya sabíamos movernos: el tablero. Una cuadrícula conocida, unas piezas con reglas de movimiento claras y un vocabulario que el grupo ya dominaba. Esta es la primera secuencia que hago ahora, y funciona bastante mejor.
馃Л Por qué el tablero es el mejor tapete
Un robot de suelo se mueve por casillas y gira en ángulos rectos. Es decir, se mueve exactamente como una torre. Esa coincidencia no es una anécdota: es el puente didáctico completo, porque el alumnado no tiene que aprender un espacio nuevo, solo tiene que aprender a dar órdenes en un espacio que ya conoce.
Es la razón por la que en AjeB贸tica el ajedrez y la robótica comparten sesión en lugar de turnarse: no son dos talleres, son dos maneras de dar órdenes al mismo espacio. Además nos ahorra el tapete comercial. Con cinta de carrocero en el suelo del aula tienes una cuadrícula del tamaño que quieras, y del tamaño que necesite el robot que tengas.
馃毝 La sesión cero: el robot sin robot
La primera sesión no toca el robot nadie. Se hace en el pasillo o en la cancha, con la cuadrícula pintada con cinta y con un compañero haciendo de máquina.
- Una pareja escribe una secuencia de órdenes en tarjetas: avanza, gira a la derecha, gira a la izquierda.
- El compañero-robot ejecuta exactamente lo que pone en las tarjetas. Ni una interpretación.
- El resto observa y anota en qué orden falla.
Ese «ni una interpretación» es la clave de toda la sesión. Es cuando descubren que la máquina no adivina, y es cuando dejan de echarle la culpa al robot.
♜ La primera secuencia con robot
Ahora sí. Reto único y muy acotado: llevar el robot desde una esquina hasta una casilla marcada moviéndose como una torre. Nada de recorridos largos ni de circuitos con obstáculos el primer día.
Antes de pulsar nada, cada pareja escribe la secuencia en su hoja y hace una predicción: dónde va a terminar el robot. Después ejecutan. Y después comparan la predicción con lo que ha pasado de verdad. Ese triple paso —predecir, ejecutar, comparar— es lo que convierte pulsar botones en programar.
馃攣 Depurar, la palabra que más repito
Cuando falla, y falla siempre, no se borra todo para empezar de cero. Se busca la orden concreta donde se rompió. Tres preguntas bastan:
- ¿Hasta qué casilla iba bien?
- ¿Qué orden viene justo después?
- ¿Qué debería haber puesto ahí?
Es el mismo protocolo que usamos al revisar una partida perdida, y decirlo en voz alta ayuda: el alumnado reconoce el procedimiento y lo aplica más rápido.
馃О Qué material hace falta de verdad
- Un robot de suelo por cada cuatro o cinco alumnos. Con dos o tres para toda el aula también se puede, rotando por rincones.
- Cinta adhesiva de color para la cuadrícula. Barato y reutilizable.
- Tarjetas de órdenes plastificadas, grandes, para poder ordenarlas en el suelo.
- Una hoja de predicción por pareja. Sin esa hoja, la sesión se convierte en ensayo y error a ciegas.
馃幆 Para empezar el lunes
Marca con cinta una cuadrícula de cuatro por cuatro en el suelo del aula y plantea un único reto: llegar de una esquina a la contraria moviéndose como una torre. Sin robot todavía. Con un compañero haciendo de máquina ya has dado la clase más importante de la secuencia.
Primero se piensa la ruta. Luego se pulsa el botón.
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